la historia de la famosa Esquina de los Rambler

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En la esquina del Camino Centenario y Calle 52, en el barrio de Villa Elisa (La Plata, Buenos Aires), se encuentra el taller mecánico de Alfredo “Fredy” Kuras. Se trata del mayor coleccionista de Rambler de Argentina, que llegó a tener casi cien unidades del majestuoso sedán fabricado por IKA.

La esquina se hizo famosa por la cantidad de Ambassador, Classic, Cross Country y “Boca de Pescado” que acumulaba. Y se convirtió en una referencia en el barrio, donde hasta se tejieron historias que aseguraban que el dueño del taller era el cantante Sandro, un fanático de ese modelo.

El diario El Día de La Plata entrevistó a Fredy Kuras y reconstruyó la historia de La Esquina de los Rambler.

 

Foto de archivo: la Esquina de los Rambler se convirtió en una referencia en el barrio Villa Elisa (La Plata, Buenos Aires).

Allí se encuentra el taller del coleccionista Alfredo “Fredy” Kuras, el mayor coleccionista de Rambler en Argentina.

 

Nota del Diario El Día de La Plata 
La misteriosa esquina de los Rambler, donde Sandro hizo dejar un mensaje

Por Hipólito Sanzone

Siempre llamó la atención al pasar por un sector del Camino Centenario, en Villa Elisa. Una historia de pasión por un “fierro” en particular. ¿Cuánta gente se ha preguntado qué hacían ahí todos esos autos iguales?

A los 16 años quedó impactado ante semejante máquina. Y aunque era consciente de que estaba a años luz de alcanzarla, se lo propuso. La fuerza de la determinación a veces produce efectos increíbles.

“Calculo que debo haber tenido como cien”, dice Alfredo “Fredy” Kuras, apellido polaco, en el arranque de su historia con los Rambler, ese icónico automóvil de los 60 y parte de los 70 al que, por esas cosas difíciles de explicar, le dedicó buena parte de su vida incluso hasta hoy en que todavía le sobran ganas de meterle mano a uno de ellos.

La Esquina de los Rambler se ganó un lugar en la historia platense de la vida cotidiana, la que se escribe casi diariamente de tanto pasar por un lugar y no poder evitar la mirada a esas cosas que llaman la atención.

“Acá llegó a haber 15, 20, 30 Rambler parados en arreglo, restauración o para sacarle los repuestos. Todavía hay gente que dice: ‘te espero en camino Centenario y la esquina de los Rambler’”, dice Freddy.

El Rambler, en sus versiones Ambassador, Classic, Cros Country y el “Boca de Pescado”, se fabricaron en Argentina entre 1962 y 1975 porque aunque la producción formal terminó en 1972 hubo tres años en que siguieron haciéndose a pedido.

Marcó época, fue símbolo de lujo, prosperidad, status y poder, sobre todo esto último al ser asociado a las embajadas, los ejecutivos de las empresas multinacionales y las por esos años, lamentablemente influyentes fuerzas armadas: “¿Sabe lo que era en esa época un auto con levantavidrios eléctricos o aire acondicionado”.

“Una vez me pararon en una caminera y yo dije, chau, me meten preso. Me había olvidado los documentos y los papeles. Y cuando bajo la ventanilla el policía me dice: ‘no pasada nada, lo paramos para ver el auto, nomás’”, cuenta Alfredo que a esa anécdota le agrega otra con un poco más de picante.

“Otra vez, directamente les dije que era de la Fuerza Aérea. Los tipos me hicieron el saludo militar y me dijeron siga, siga, embobados mirando el auto”.

Inspirados en uno de los modelos más vendidos de la American Motors Company, Industrias Kaiser Argentina apostó a fabricarlo en el país como reemplazo a dos modelos exitosos pero a los que ya el mercado le reclamaba a gritos por una renovación: el Kaiser Carabella y el Bergantín.

Técnicamente definidos como “compactos de tamaño completo”, dotados de una motorización de seis cilindros en varias versiones, aquellos Rambler parecían venido de otro planeta.

¿Qué razones pueden llevar a una persona a hacer de un objeto material un objeto amoroso?. Las teorías son tantas como tantas las razones y tantos los desvíos a los que se puede ir a parar. El caso del “Loco de los Rambler”, como cariñosamente se acepta Freddy, acaso no encaje en ninguna de las formas conocidas de exageración por coleccionar, acumular o poseer desenfrenadamente.

Su caso, tal parece, tiene que ver con la determinación de darse un gusto, de entregarse con dedicación a algo que simple, llanamente, le gusta y que se representa en esos autos icónicos alrededor de los que todavía hay clubes de fanáticos y admiradores como los hay de otros autos y otras marcas.

Por caso, entre el Rambler Car Club, el Club Rambler Classic y el Grupo Ika Rambler a los que se puede acceder por la red Facebook, suman más de 20.000 miembros. En el del Ika Rambler, que es el único abierto y no requiere aceptación para ver sus contenidos, hay de todo. En una espiral solidaria sus miembros intercambian desde acrílicos de faros traseros hasta cigüeñales, pasando por llaves, manijas de puerta y lo que pueda imaginarse. Y de cuando en vez se organizan encuentros al aire libre entre los y las que tienen un Rambler en condiciones de marchar.

En aquel final de los 60 y principio de los 70, cuando Kuras se enamoró de los Rambler, el hombre trabajaba en la Peugeot de la Ruta 2 pero ya era vecino de Villa Elisa, en Camino Centenario y 52, en una zona que, recuerda, “era puro campo”, con apenas cuatro casas y que hoy es, lisa y llanamente, otro mundo, aunque en alguna medida siga conservando algo de la paz campestre de la localidad del norte platense.

“No había nada. Cuatro casas y la estación de servicios de Pérez que muchos años después compró Luzardo”, refiere Kuras para marcar parte del mapa cercano a la plaza donde en parte se conserva un empedrado centenario.

“Y cuando lo vi, al Rambler, me dije yo voy a tener uno. En ese momento se necesitaba mucho dinero”, cuenta.

Kuras se supo ganar un lugar entre los más reconocidos chapistas de la zona. A los 76 años y en equipo con su hijo Sergio que heredó su pasión por la chapa, la pintura, la mecánica y los Rambler, sigue trabajando.

Sergio está rearmando una impresionante Cross Country, que ocupa buena parte del fondo del taller y que se hace notar por el brillo de “la chapa pelada”, como le dicen en la jerga de los chapistas al procedimiento de irle bien al hueso a una carrocería que se pretende restaurar a partir de un trabajo como Dios manda y entonces dejarla brillante y plateada.

“Esto es chapa-chapa”, dice Freddy y le da golpes al guardabarros de la Cross Country que, asegura, “ya no hay más, el día en que esta salga a la calle no tendrá precio”.

De reojo mira a uno de los autos “modernos” que algún cliente le dejó en estos días y con cierto desdén insiste: “Esto es chapa-chapa mientras que ahora es todo sacar, tirar, poner lo nuevo y listo”, dice para redondear la idea de la condición de artesanos que todavía conservan algunos chapistas.

En 1977 se enteró que por la zona había un Rambler “tirado”, por falta de repuestos o de recursos de su dueño para hacerlo funcionar. Y ahí empezó todo.

“Y nació la idea de arreglarlos, rearmarlos, llegué a tener cien Rambler. Se fue corriendo la noticia de boca en boca y es el día de hoy que me contacta gente de todo el país, para restaurarlos o por repuestos”, cuenta mientras señala una puerta delantera de un “Boca de Pescado” del 62 que hasta tiene la etiqueta de fábrica.

“La vienen a buscar del sur”, cuenta y agrega que recibe pedidos y consultas de Salta, Santa Cruz, Mendoza y de cuanto apasionado por los Rambler ande por ahí.

“En una época se usaron mucho para casamientos o cumpleaños de 15”, recuerda y estima que a precio de hoy, comprar uno de aquellos Ambassador equivaldría a “dos Ford K nuevos, o tres”.

Una tarde de 1989 Kuras recibió en su taller a un hombre misterioso.

“Soy el chofer de Sandro”, le dijo y Kuras no necesitó preguntar de qué Sandro estaba hablando aquel tipo sino era del inmortal “Gitano”.

Ahí se enteró que con ese icónico cantante tenían algo en común: la pasión por los Rambler. Tal parece que Sandro tenía uno en los garages de su mansión de Banfield.

Ese raro mecanismo que algunos llaman teléfono descompuesto, habladuría, rumor, chisme o simplemente el “dicen que”, hizo que durante mucho tiempo en la zona, acaso sin que Kuras lo supiera, corriera la voz de que uno de esos Rambler de la Esquina de los Rambler era de Sandro.

Una vecina de la zona con muchos años en la vida y en Villa Elisa, aseguró que hasta hubo una época en que había muchachas que pasaban en bicicleta por la puerta del taller, a propósito, con la loca esperanza de ver al Gitano o, aunque más no fuese, a su auto de colección.

Pero todas las versiones que empiezan con un “dicen que”, suelen tener una verdad revelada y son siempre los protagonistas los que se encargan de mostrarla, de sacarla a la luz. Y Kuras cuenta como fue en realidad el famoso asunto del Rambler de Sandro.

“El hombre que vino se interesó en algunos repuestos, charlamos un rato y quedó en volver a buscarlos. Pero nunca volvió”, se encoge de hombros Freddy.

“Yo no gané plata, pero gané otra cosa que es haber hecho lo que me gusta. Estoy jubilado como monotributista pero tengo que seguir trabajando acá en el taller, no me queda otra. Pero una cosa es seguro: no me arrepiento de nada, de nada”.

Durante los años del llamado “Plan Canje”, a mediados de los 90, se hizo difícil el rescate de los Rambler. Era un mecanismo implementado por aquel gobierno de un peso un dólar por el que aquel que entregaba un auto viejo para desguace recibía un certificado equivalente al 20 por ciento de un auto nuevo. El 10 por ciento lo pagaba el Estado, otro 2 por ciento la concesionaria y un 8 por ciento las terminales. La idea apuntaba a sacar de la calle a los autos en malas condiciones. El plan falló porque no pocas concesionarias se negaban a aceptar los certificados pero lo cierto es que, recuerda Kuras, muchos Rambler encontraron ese plan un destino triste, injusto y final.

En un galpón de Villa Elisa cuya ubicación se mantendrá en secreto, Kuras guarda una de sus más preciadas joyas: “El Negro”, un Ambassador de ese color que luce impecable, como el que usaban el embajador de Estados Unidos o los presidentes criollos o los súper ejecutivos de entonces.

“Hace diez años que no lo uso. Eso si, de vez en cuando le doy marcha o una vuelta cortita. Me llevó años restaurarlo y está original, original”. Preguntarle si lo vende y cuánto cuesta sería, a todas luces, una irrespetuosidad.

En la vereda del taller descansa un Rambler entre celestón de vieja pintura y naranja de tanta herrumbre. Por ahora no tiene destino y quizá un día se convierta en el último Rambler de los de Villa Elisa. A la vuelta, por la calle 52, bajo un árbol duerme su sueño final otro Ambassador que, ese si, difícilmente vuelva a sentir el calor del asfalto bajo esos “Banda Blanca” que ya casi no existen en las gomerías.

“Este me lo regalaron. Me llama un día una persona y me dice por favor véngalo a buscar, se lo regalo. Y fui a La Plata y me lo traje”, cuenta Alfredo y le da una palmada al capot como quien le hace un mimo a un viejo, querido y noble caballo viejo.

Todavía hay gente que para en la misteriosa esquina y pregunta. Y hasta hay quienes como en aquellos tiempos piden permiso para sacarse fotos.

La Esquina de los Rambler mantiene, pese al tiempo, el óxido y los sacudones de la modernidad, el misterioso halo que rodeaba a aquellos autos. Es una postal de la ciudad mirada de reojo, pero con una de las tantas historias dignas de ser contadas.

***

Hasta las imágenes de Google Street View muestran como referencia a los Rambler en esa esquina.

Un verdadero Cementerio Rambler a cielo abierto.

“El Negro”, el Rambler favorito de Kuras. Foto: Facebook.

 

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